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ARQUITECTURA

Haciendas del Estado de México

 

Toluca está rodeada de haciendas que le dan un aspecto muy hermoso: las yuntas arregladas en líneas paralelas arando las sementeras; el labrador, lejos del bullicio de la sociedad, lleno de esperanzas y de fines nobles; las inmensas llanuras cubiertas de magueyes y maíz, de alverjón y cebada; las escenas campestres tan variadas y divertidas, siempre nuevas y poéticas sorprenden y agradan, tienen un encanto que se aumenta con la renovación de la naturaleza y con los espectáculos propios del campo, entre los cuales se distinguen las corridas de toros, los coleaderos, herraderos y las carreras de caballos.

 

Manuel Rivera Cambas

 

Antecedentes

 

Desde la época colonial, en el Estado de México fueron famosas las haciendas de ganado, pulque y cereales, principalmente maíz, trigo y cebada. Durante el porfiriato, un tercio de ellas se localizaba en el distrito de Toluca, en los municipios de Metepec, Almoloya de Juárez, Zinacantepec, Temoaya, Villa Victoria y Toluca.

 

Las propiedades se concentraban en unas cuantas familias de la entidad que multiplicaron sus tierras con la desamortización de los bienes eclesiásticos. En cuanto a las condiciones que imperaban en aquella época se puede decir que el salario de los peones y jornaleros variaba de una hacienda a otra, además de que los instrumentos de trabajo y las técnicas de cultivo y de riego se encontraban muy atrasados en la mayoría de las haciendas.

 

El comercio se realizaba principalmente con la ciudad de México, pero a partir de 1880 la construcción de vías férreas en territorio estatal favoreció decididamente la actividad, al entrelazar el mercado local con el regional.

 

De la última década del siglo XIX a la primera del siglo XX las haciendas porfiristas del estado fueron muy productivas, ya que, al ser favorecidas por las vías de comunicación y al incorporar maquinaria agrícola ampliaron sus mercados y su producción. En el otro extremo se encontraba la hacienda improductiva, generalmente incomunicada, que mantuvo los instrumentos de trabajo tradicionales.

 

Las haciendas de esta época se adaptaron parcialmente al sistema de producción capitalista, consolidado durante el periodo porfirista.

 

 

La propiedad territorial

 

El distrito de Toluca contaba con haciendas de gran extensión territorial, como La Gavia, ubicada en el municipio de Almoloya de Juárez, que en 1893 tenía 64,500 hectáreas y limitaba al norte con Villa Victoria, al sur con Zinacantepec, al oriente con Cieneguillas y al poniente con Amanalco de Becerra. Esta propiedad perteneció a la señora Guadalupe Riba. Su extensión era mayor que el resto de las que se localizaban en el distrito.

 

En esa época, nueve hacendados concentraban 46,575 hectáreas de las 144,000 correspondientes al distrito de Toluca; entre ellos, los señores Trinidad y Vicente Pliego que tenían 25,452 hectáreas como propietarios de las haciendas de Suchitepec y Ayala, en el municipio de Villa Victoria.

 

La mayor extensión se concentraba en un número reducido de terratenientes. Mientras el número de propietarios asciende, la extensión de las propiedades disminuye. Mientras diez hacendados poseen 111,075 hectáreas, ochenta y seis propietarios cuentan con una extensión menor de 250 hectáreas; treinta de ellos con menos de 50 hectáreas.

 

En el distrito de Toluca se ubicaban las haciendas Cano, Tejalpa, Majadas, La Garceza y Panzacola, y los ranchos Altamirano, La Macaria, San Nicolás Tolentino y San Pablo David; en Metepec, las haciendas La Asunción y San Antonio; en Zinacantepec, la de Barbabosa.
La Gavia, ejemplo de una hacienda próspera

 

Al finalizar el siglo XIX, La Gavia tenía ocho mil cabezas de ganado de todas las especies. Quesos, leche y mantequilla producidos en este lugar eran estimados en todo el país por su calidad. En su territorio se encontraba un vasto ocotal que se extendía desde San Juan de las Huertas hasta Texcaltitlán. Poseía una magnífica colección de gallos que gozaba de fama en las ferias más renombradas de la República.

 

El historiador Gustavo G. Velázquez destaca que en los ejidos de La Gavia todavía se recuerdan los latigazos y malos tratos de que eran objeto los campesinos, no de parte del patrón sino de sus administradores y gañanes. Los arrendatarios empezaron a ver la hacienda como una "madrastra" porque en dos ocasiones, durante el último tercio del siglo XIX, les fueron aumentadas las rentas.

 

Los peones de La Gavia poco a poco se fueron incorporando a las minas de Temascaltepec, El Oro y Sultepec, donde podían ganar mejores jornales. Muchos campesinos encontraron la oportunidad de mejorar sus ingresos de real y medio (18 centavos) en la construcción de los ferrocarriles pues la empresa ferroviaria pagaba seis reales (75 centavos) por una jornada semejante. No era suficiente que se les diera semanalmente una cuartilla de maíz a los acasillados y gañanes porque de cualquier forma el salario que pagaban las nuevas empresas era superior.

 

La explotación de la raíz de zacatón, producto natural de las tierras de La Gavia, fue dada en concesión al español José de la Fuente y Párres, que estableció un método de trabajo más eficaz para su beneficio, y que consistía simplemente en el "destajo": cada trabajador recibía su salario en función de los kilos de raíz que extrajera.

 

La producción de La Gavia no era suficiente para sostener los gastos crecientes de los patrones, por lo que el señor Antonio Riba y Echeverría emprendió la explotación del carbón de encino y aun se vio obligado a vender cierto número de árboles de los bosques de la hacienda.

 

El florecimiento de La Gavia, coincidió con la prosperidad del porfiriato, pero empezó a venir a menos. Las fiestas de los hacendados estaban ligadas a las faenas campestres; una de ellas, la de la Candelaria, patrona de la iglesia de la hacienda. Los sábados —los días de raya— la hermosa plaza de La Gavia se llenaba de rumores, cantos y pregones, porque acudían de todos los rumbos de la comarca vendedores de la naciente industria.

 

Los dueños se esforzaban por adoptar una conducta paternal, pero la economía fincada en un sistema económico predominantemente feudal estaba a punto de fenecer; la industria requería urgentemente de un mercado más amplio para sus productos.

 

 

La fuerza de trabajo en las haciendas

 

En la última década del siglo XIX, en el Estado de México había alrededor de 120 mil trabajadores agrícolas en las haciendas que percibían un salario de entre 15 y 37 centavos diarios.

 

Excepto en los distritos de Toluca y Lerma, en los que se consignan respectivamente siete y ocho horas diarias de labores para los peones asalariados, el horario de trabajo abarcaba de 10 a 12 horas diarias. En Cuautitlán, la jornada era de 10 horas diarias, y en el distrito de Tenango, de 12 horas, incluyendo el tiempo de almuerzo y comida.

 

Los peones de Texcoco, Tlalnepantla y Valle de Bravo recibían los salarios más elevados, aunque en algunos casos la edad era un factor de diferencias salariales. En el distrito de Tenango se asignaban 25 centavos diarios a los adultos, 18 a los jóvenes y 12 a los niños.

 

Las haciendas porfiristas del Estado de México mantenían en términos generales un carácter precapitalista en su estructura, ya que utilizaban únicamente la tierra y la fuerza de trabajo en el sistema de producción, y dejaban de lado la inversión de capital en la compra de maquinaria y mejores técnicas de cultivo. Sólo algunas haciendas incorporaron maquinaria y sistemas de riego para la producción agropecuaria.

Fuentes consultadas 
  • Álvarez, José Rogelio (Dir.). Enciclopedia de México, T. 6, México, 1977. 600 pp.
  • Aguilar, José Ángel. La Revolución en el Estado de México, Gobierno del Estado de México, México, 1987. 506 pp.
  • Baranda, Marta; Lía García. Estado de México, textos de su historia, 2 tomos. Gobierno del Estado de México / Instituto de Investigaciones "Dr. José María Luis Mora", México, 1987. 1,333 pp.
  • García Luna, Margarita. Haciendas porfiristas en el Estado de México, UAEM, México, 1981. pp. 81-93.
  • Herrejón Peredo, Carlos. Historia del Estado de México, UAEM, México, 1985. 370 pp.
  • Peñafiel, Manuel. El Estado de México, S/E, México, 1975. 142 pp.
  • Sánchez García, Alfonso. Historia del Estado de México, Gobierno del Estado de México, México, 1974. 760 pp.
  • Villada, José Vicente. Memoria de Gobierno, 1889-1893, Imprenta de la Escuela de Artes y Oficios, México, 1894. pp. 601-646.






 
 
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