Enrique Bátiz, director de orquesta;
Aunque nos pese reconocerlo, los mexicanos estamos cerca del canibalismo. Siempre hacemos lo posible por devorar las cabezas que emergen de la medianía circundante. Si podemos, destruimos; si no podemos, acechamos al paso y ponemos la zancadilla, o por lo menos hablamos mal del que sobresale.
Los pocos elegidos, los que nacieron destinados a cumplir con lo trascendente, deben salir triunfantes de dos luchas: la propia del que hacer que se echan a cuestas y la más sorda y ardua, la de torear las embestidas de la maledicencia. Lo que de música se hace en México, o deja de hacerse, ha sido casi siempre objeto de crítica feroz y quienes más cerca están de la actividad musical suelen ser los que más vociferan.
A partir de 1928, Carlos Chávez fue convirtiéndose en un blanco cada vez más propicio a los venablos de toda laya. Pareciera como si no se le pudiera perdonar la visión y mística que lo llevaron a emprender el camino de la superación musical, hasta lograr que el nombre de México sonara en el mundo, como nunca antes en la historia había sonado. Logro derivado tanto de la formación y desarrollo de la Orquesta Sinfónica de México, cuanto del impulso a todo el quehacer musical del país. Los años han pasado. Las condiciones no se han modificado mucho que digamos. Chávez puso un ejemplo que muy pocos siguieron y el afán de la mayoría de los directores de orquesta fue, mucho más que de crear algo, el de aprovechar lo que otros habían creado. Porque hacer una orquesta es una de las más difíciles empresas que pueden plantearse, y hacerla en México implica, además, enfrentar una incalculable problemática que incluye cuestiones de orden artístico, administrativo y político.
Es preciso un temple a toda prueba para que quien ha seguido una carrera musical, ha dominado algún instrumento y tiene otras ambiciones dentro del oficio, ponga los ojos en la formación de un grupo orquestal y en su consecuente impulso. Ello implica, en primer término, encontrar la institución generalmente oficial– que acoja el proyecto; desde luego, vencer todas las resistencias internas que se producen en la propia institución. Luego viene el nada simple proceso de reclutar músicos. Para ello se necesita partir de un principio claro: o se forma una orquesta con lo que hay, o se procura que haya lo necesario para formar una orquesta. Entonces se plantean problemas de otro orden: lograr un presupuesto que permita contratar elementos adecuados; vencer resistencias chauvinistas que impidan enfrentar la realidad de nuestra insuficiencia de músicos de atril; buscar la compatibilidad de factores para lograr un conjunto armónico y no un conglomerado de enemigos.
Superadas todas esas condiciones, se presenta la menos superable: tan pronto como se ha tenido acceso al florido campo de la realización, se desencadena la más violenta de las tempestades. Tormenta que oscurece todos los horizontes, porque dentro de la institución auspiciadora brotará la intriga, y fuera de ella sonarán los truenos de una crítica casi siempre mal informada. Quien conserva a flote el navío, a pesar de mareas tan procelosas, merece el reconocimiento más amplio. Enrique Bátiz Campbell nació y creció músico. Pero también nació y creció inquieto. Son los inquietos quienes conquistan el mundo. De niño el reto fue poner las manos al piano; dominar las escalas y los acordes; obtener los sonidos precisos, pero sobre todo, lograr los sonidos bellos. Con un bagaje suficiente, se fue asomando a! exterior y fue columbrando horizontes más y más amplios. Promesa de pianista avalada por el más exigente concurso de Polonia, donde muestra condiciones que lo sitúan al lado de los más brillantes prospectos mundiales. A partir de ese momento, se espera la carrera meteórica del pianista Enrique Bátiz. Pero no es así. Porque Bátiz quiere un instrumento más vasto, más completo.
El niño Bátiz soñó con un universo de sonidos que surgían de los marfiles blancos y negros; el joven Bátiz sueña con la magia sonora que emerge de un gran conjunto, al conjuro de una batuta. Y esa batuta tiene que ser la suya. Tener un piano no es fácil. O ha existido desde mucho antes en la casa paterna, o los padres deben estar convencidos de una vocación que amerite la compra del instrumento. Tener una orquesta es mucho más difícil. No es algo que pueda comprarse, ni tenga un precio definido. No es nada que se reúna merced a un protector, porque la estirpe de los mecenas se extinguió hace tiempo. Una orquesta es algo que hay que crear. Es algo que hay que inventar. Por lo tanto,a las condiciones de músico que permiten ejecutar páginas de Chopin en el teclado, se requiere agregar otras que tienen que ver con la empresa, con el mando, con la política y también, en alto grado, con el romanticismo creador. El joven Bátiz lo prueba; el joven Bátiz se prueba y se va descubriendo sobre la marcha. Sobre la marcha va convirtiéndose en el arquitecto no sólo de su destino, sino del destino de una ciudad, de un país mexicano en toda su dimensión. Corre el año 1971. Una noche se abren las puertas y se levanta el telón del teatro toluqueño, y sobre el escenario aparece el sortilegio de una orquesta. Donde no la había; donde nadie hubiese creído que podía haberla. Nace también un director. Al llegar a la meta de la creación de la Orquesta Sinfónica del Estado de México, Enrique Bátiz inició el más arduo de los caminos, que era el de mantenerla, el de propiciar su permanente superación, el de hacerla cumplir con sus objetivos de trascendencia estética y social. La siembra ha sido generosa y los frutos se han venido cosechando. Formación de públicos; superación profesional de músicos; preservación de testimonios a través del disco; ampliación constante de horizontes con presentaciones allende nuestras fronteras. A estas alturas, Enrique Bátiz ha forjado su imagen propia y acumulado sus propios méritos. Lo cierto es que el campo de Bátiz no es nada fácil de circunscribir. Se ha dicho que el artista verdadero es en realidad ciudadano del mundo.
Bátiz encaja perfectamente dentro de esta definición. Primero como pianista,después como director, siempre como mexicano, se fija por fronteras los confines del universo y hace lo necesario para que con su nombre, el de su patria vaya alcanzando reconocimiento universal. Con apoyo que no han escatimado las autoridades estatales, Bátiz no ha dejado municipio pendiente. Al mismo tiempo y sin descuidar su lealtad hacia el pueblo mexiquense, ha orientado su actividad con un sentido universalista,consciente de que el arte en general, y la música en particular, constituyen los mejores vínculos humanos. Es así como ha logrado llevar a la OSEM, y con ella, la música mexicana de concierto a públicos tan disímbolos como son los de la República China y Alemania; de París y de Varsovia; o los aparentemente cercanos de las diversas ciudades de España o las más importantes ciudades de los Estados Unidos. Sus grabaciones al frente de la Orquesta Sinfónica del Estado de México ofrecen amplio repertorio que va de la obra completa de Joaquín Rodrigo,a lo más sustancioso –orquestalmente hablando– de Rossini, y Verdi, del siempre entrañable acervo mexicano de Ponce, Revueltas, Moncayo, Galindo y Chávez al encanto francés de Dukas, Chabier, Ravel y Debussy, sin soslayar la contenida expresividad hispana de un Albéniz y un De Falla,y el prodigio orquestal de un Wagner o un Borodin. No ha dejado de lado las sinfonías completas de Beethoven, Tchaikovsky, Brahms y Schumann. De sus giras ha dejado testimonio con las grabaciones en París, Varsovia, Madrid, Alemania, Zaragoza y China.
Una impresionante lista que liquida toda discusión en torno a los directores mexicanos con mayor número de grabaciones.
Si bien el binomio Bátiz-OSEM resulta inseparable, el director se ha preocupado por alimentar a sus músicos con el contacto de otros directores.
Por su parte, Enrique Bátiz ha ido a nutrirse con otras orquestas. Como director huésped permanente de la Royal Philharmonic Orchestra de Londres, la Orquesta Filarmónica de Londres, la Orquesta Filarmónica de la ciudad de México, la Orquesta Sinfónica de Xalapa, entre muchas otras y como director invitado y asesor musical de la Orquesta de la Universidad de Guanajuato; en total, más de 500 Orquestas en el mundo entero. Ha sido merecedor de numerosos reconocimientos por su labor como director y por sus grabaciones. Recientemente, como logro cimero de su carrera, debido a su regreso a su amor primero, el piano.
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